Lo que debería ser una fecha de unión familiar, paz y tranquilidad, además de ser muy especial para los niños quienes están ilusionados por el significado que tiene tanto espiritual como por los regalos que recibirán, la noche buena se ha convertido para muchos padres en una amenaza.
Mientras ellos cortan el pavo y dejan todo listo para la cena navideña, los niños están sueltos en plaza reventando toda la clase de cuetes, cuetecillos, ratas blanca y demás artefactos pirotécnicos que ponen en riesgo la integridad física de miles de menores que, sin supervisión alguna, están expuestos a accidentes lamentables como quemaduras, mutilaciones y traumas sicológicos que muchas veces frustran su desarrollo integral.
Según las leyes, la venta de estos “artefactos pirotécnicos” está prohibida, sin embargo una vez más la informalidad hace suya la navidad con el mismo resultado de todos los años: familias enteras que tienen que darse el abrazo navideño en un hospital por consecuencia de un accidente producido por la explosión de estos productos en el cuerpo de sus hijos.
La responsabilidad es compartida: por un lado de los padres que compran productos ilegales dando un mal ejemplo a sus hijos y lo que es peor, permitir que sus hijos manipulen productos que son peligrosos para su integridad sin supervisión alguna. Por otro lado la responsabilidad es también del Estado que demuestra ineficiencia en los operativos para evitar la venta de productos prohibidos atentando contra la seguridad de los ciudadanos.
Por último, el vecino paga los platos rotos ya que en esta última navidad se han detonado toda clase de productos pirotécnicos alterando la tranquilidad de todos, en especial la de los niños pequeños y enfermos ya que no todos comparten la idea de “dinamitar” la ciudad en forma gratuita. Una cosa son los fuegos artificiales y otra muy diferente es que retumben los vidrios de las casas por la explosión de productos que más se parecen a los explosivos.
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